domingo, 21 de agosto de 2016

Mundo Bolo | El canto con sangre entra

Foto: Teatro de la Escuela de Canto (Pablo Muñoz Chapulí)
Este curso he estado asistiendo, como oyente, a las clases magistrales de una maravillosa y apasionada vieja gloria de la lírica. Para mi sorpresa, porque me pareció que trataba a los alumnos con bastante cortesía, una de mis exprofesoras de canto me comentó que algunos alumnos se habían quejado porque decían que era una tirana e incluso hubo gente que se opuso a que volviese el próximo año al centro por ese motivo. ¡Diossssssss, qué flojas vienen las nuevas generaciones! Tenían que haber vivido nuestras clases infernales, con aquellos profesores que habían asimilado como suya la frase de aquel musical televisivo: "la fama cuesta y aquí vais a empezar a pagar".

Mi primera profesora en la Escuela de Canto, de la que para ser más piadosa que ella no diré el nombre (y eso que bajo sus directrices me hice mi segundo pólipo en las cuerdas), se pasó todo el curso diciéndome que “yo haría una gran ama de casa” (y en el trasfondo de la frase se podía sobreentender que debía abandonar el canto porque, para ella, opusiana de pro, la posición de ángel del hogar no era compatible con la vida de perdición de los cantantes). Cada vez que hacía algo mal me decía: “pero, ¿qué haces, rrri-ca?” Y aquel ‘rica’, demorado, con regodeo en la ‘i’, hiperacentuada y que separaba con una breve coma del ‘ca’, se me clavaba en el quinto espacio intercostal bloqueándome el diafragma y haciéndome merecedora de un nuevo y más exasperado “pero, ¿qué haces, rrri-ca?”

La única frase agradable que su pianista de repertorio (magnífico, por cierto) me dijo en todo el año fue: “tienes una dentadura preciosa”, piropo que, a no ser que pretendas dedicarte a hacer anuncios de dentífrico, no alimenta precisamente el ego de una cantante.

Mi repertorista de los siguientes cursos (ya con profesora nueva y salvadora), el mejor que he tenido en mi vida, me llamaba 'el lobo estepario', porque afirmaba que todas las notas las cogía arrastrando la voz desde abajo como si fuesen aullidos de lobo. Éste también alababa mi dentadura: ¿qué les pasa a los pianistas con los dientes? ¿Los aman porque se parecen a las teclas del piano? ¿Les amenazan durante sus estudios con rompérselos contra el teclado si no estudian? ¿Tienen pesadillas en las que la tapa del piano se cierra y sus manos son devoradas por la dentadura de marfil del instrumento?

Por cierto, cuando me examiné el segundo año, la delicada profesora de primero que, para mi desgracia estaba en el tribunal, me llamó al acabar el examen para decirme: “te llamo para decirte que TE HEMOS DADO el aprobado y quiero felicitarte porque he visto que has dominado muy bien los nervios, ahora sólo te falta aprender a cantar” (luego me enteré, cotillas hay en todas partes, que suplicó y consiguió del resto del tribunal que no me pusiesen el notable que querían darme).

Di por concluido mi período oficial y me pasé al surrealista mundillo de las clases particulares. Dejando a un lado a un excepcionalmente encantador profesor de 90 años que me decía con cariño en todas sus clases que ya cantaba como un mirlo y que ahora tenía que intentar cantar como un ruiseñor, tuve a dos profesoras peculiares, cada una en su estilo.

La primera me gritaba desde que abría la boca hasta que la cerraba como si cada nota engolada o mal impostada fuese una maniobra voluntaria y perversa ideada por mi malvada mente para destrozar sus oídos y su ego de supermaestra. Le enfurecía todavía más que yo me quedase impertérrita mirándola mientras pegaba sus alaridos hipohuracanados y me repetía exasperada: “aún encima te quedas ahí mirándome como una ‘coitadiña” (palabra gallega que significa ‘desgraciadita’ y que ella conocía porque había tenido, según me contó el primer día, un novio gallego). En los meses que asistí a sus clases conseguí no decirle nunca lo que en esos momentos pasaba por mi mente: “me quedo aquí, como una coitadiña, señora, porque la otra opción, es darle unas hostias a ver si se calma y me parece feo aunque le esté pagando”.

La segunda me adoraba, básicamente porque todos sus alumnos eran aspirantes a cantantes de programa televisivo (se habían puesto de moda triunfitos, tú sí que vales y otras hierbas) completamente mudos y yo venía a ser la tuerta en el país de los ciegos. Así que para compensar las piezas descafeinadas que escuchaba el resto del día, a mí me tenía todo el tiempo cantando Toscas y Cavallerías, como si yo tuviese voz para ello. Un día, convencida de que aquel no era mi repertorio le pregunté si podía cantar la Mussetta y ella respondió categóricamente: “por supuesto que no”. “¿Por qué? (pregunté yo) la he estado mirando y me va bien”. “No digo que no la puedas cantar por voz, que te sobra, lo digo por el carácter, porque la Mussetta es una coqueta, medio prostituta y tú, hija mía, eres la antisensualidad”. Balbuceé intentando reivindicarme: “pues mi novio no opina eso”, a lo que ella respondió llena de razón: “no sé lo que haces en posición horizontal, yo estoy hablando de cuando estás en vertical”. Con un argumento tan contundente, obviamente me tuve que callar.



Con el título de 'Mundo bolo', esta nueva sección de Diario Lírico, para la que solicita la colaboración de sus lectores, tendrá periodicidad semanal y en ella tendrán cabida, siempre con tono de humor, las experiencias vividas por cantantes e instrumentistas en audiciones y actuaciones. Los que deseen participar pueden enviar sus relatos al correo electrónico redaccion@diariolirico.es indicando si quieren firmar su colaboración o permanecer en el anonimato. Es posible adjuntar fotos para ilustrar la historia narrada.

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