domingo, 25 de diciembre de 2016

Mundo Bolo | Ensayar está sobrevalorado (para los organistas de las iglesias, desde luego)

Órgano (Facebook/Organo de Tubos)
Hace un tiempo me tocó cantar el funeral de la madre de una amiga de una amiga de mi madre, que suena a trabalenguas, pero no es más que el típico compromiso palindrómico (que no sé yo si eso existe) que todos los que cantamos tenemos de vez en cuando. Como siempre ocurre en estos casos, el organista de la iglesia no quería ensayar (supongo que pensarán: ¿para qué, si en la iglesia ya contamos con la inspiración divina?) y fue rechazando amablemente todas mis (honestísimas) proposiciones para vernos.

Finalmente, ante mi insistencia telefónica me dijo: ¿pero tú no eres profesional? Que ahí fue cuando yo dije: “pues por eso” y entonces, como gran concesión, aceptó que mirásemos las piezas 20 o 30 minutos antes de empezar. Pero ¿qué pasa cuándo una tiene que interpretar una pieza que hace años que no canta y necesita como agua de mayo pasarla con un organista al que jamás ha oído tocar? Que la iglesia está ocupada por una legión de simpáticas beatas con su párroco al frente que juran que antes muertas que dejar libre el altar donde se encuentra el órgano.

Así que, en vez de ensayar, la media hora se fue en una amena charla con el anciano jesuita que iba a oficiar el funeral. El mozo se puso a hablar sobre Tarancón (mira que no habrá más temas) y yo, para poder contribuir a la conversación (por este 'horror vacui' que tengo a los silencios incómodos) ya que nadie de los presentes parecía saber nada de él, tuve que contar mi única anécdota sobre el prelado que, afortunadamente, no escandalizó demasiado al cura (los familiares de la difunta, sin embargo, me miraron con bastante horror cuando acabé):

Pues sucedió que iba un día con mi padre por la calle y vi una pintada que ponía “Tarancón al paredón” (los falangistas, de eso me enteré después, se la tenían jurada porque lo acusaban de rojo), inmediatamente pregunté qué era eso del paredón y mi padre, que debía de estar harto de preguntas (era una niña un tanto curiosa) y no tenía ganas de liarse con explicaciones, me contestó: “una cosa muy fea, ya te lo explicaré cuando seas mayor”; o sea, lo que siempre me decía cuando le preguntaba cualquier cosa relacionada con el sexo, con lo cual y como es lógico, deduje que el paredón era alguna técnica sexual, creencia que mantuve bastante tiempo. Cuando acabé de contar la historia, el jesuita cambió de tema. ¡Un alivio!

Por fin empezó el funeral y el organista resulto ser excepcional a pesar de sus doscientos años, de que cada vez que tenía que pasar una página parecía que un tsunami recorría la partitura (tanto le temblaban las manos) y de que aunque estábamos en el altar y completamente pegados al cura se pasó toda la misa despotricando en voz alta sobre lo pesados que eran todos los del gremio sacerdotal, que no sabían medir el tiempo y que hablaban demasiado.

El pequeño problema fue, como era previsible, el 'Pie Jesu' no ensayado, en el que la desafortunada soprano (yo) que, para más inri se había llevado una partitura equivocada (que no tenía partitura, vaya), se olvidó totalmente la segunda parte y abandonando a Fauré realizó una magnífica jam session, improvisando una página entera de cadencias con letra y música de propia autoría, que dejaron tan fascinado al organista, porque en ningún momento (comentó impresionado al finalizar) me salí de la tonalidad, que al finalizar el acto me pidió la tarjeta, supongo que para exhibirme por circos y tablados. De todas formas, como muestra de la sordera habitual de este tipo de públicos, concluido el acto fui muy felicitada, incluso por el oficiante de la ceremonia.

Con el título de 'Mundo bolo', esta sección de Diario Lírico, para la que solicita la colaboración de sus lectores, tiene periodicidad semanal y en ella tienen cabida, siempre con tono de humor, las experiencias vividas por cantantes e instrumentistas en audiciones y actuaciones. Los que deseen participar pueden enviar sus relatos al correo electrónico redaccion@diariolirico.es indicando si quieren firmar su colaboración o permanecer en el anonimato. Es posible adjuntar fotos para ilustrar la historia narrada.

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