martes, 1 de noviembre de 2016

Opinión | Si hay buenas voces 'Norma' puede sobrevivir a cualquier director de escena


Con el aforo casi completo para las 12 funciones programadas y con un triple reparto en el que, afortunadamente, priman las voces sobre el físico, el Teatro Real presenta hasta el 4 de noviembre la ópera 'Norma' en una coproducción del coliseo madrileño con el Palau de les Arts de Valencia, que la estrenó el año pasado, y la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera que aún espera para hacerlo. Las ovaciones finales en la función del pasado viernes 28 de octubre, a pesar de una dirección de actores inexistente y una puesta en escena que no ayuda (aunque tampoco estorba demasiado) ponen de manifiesto que las obras maestras como la de Bellini, no necesitan para triunfar más que el concurso de buenas voces.

'Norma' es belcanto y el segundo reparto que se encargaba de la función, sin ofrecer una actuación perfecta, no decepcionó. Angela Meade, aunque escénicamente estática, encarna una magnífica protagonista con una voz poderosa de las que no se escuchan en un Real abonado a los cantantes modelos de pasarela. La estadounidense ofreció una interpretación llena de matices, con unos delicadísimos filados, que tropezó sin embargo en la página más famosa de la partitura. Su 'Casta diva' sonó en algún momento vacilante, con frases inseguras, probablemente a causa del frágil equilibrio en el que se encontraba en lo alto del inmenso tronco del decorado y del que descendió los primeros peldaños aferrada a la mano de su Adalgisa, Verónica Simeoni. A partir de ese momento y, a pesar de que el director de escena, Davide Livermore, la mantuvo durante toda la ópera subiendo y bajando las escaleras del decorado, su interpretación fue sin duda lo mejor de la representación.

Roberto Arónica, que empezó con la voz un tanto velada, algo que se corrigió a medida que la ópera fue avanzando, fue un buen Pollione, valiente en el agudo y entregado, aunque quizá algo falto de sutileza y con una excesiva tendencia a abusar del 'forte'. Verónica Simeoni, un tanto histriónica escénicamente, presentó una magnífica Adalgisa de voz lírica, equilibrada y homogénea. Simón Orfila no es probablemente el bajo profundo que reclama Oroveso, pero posee una voz potente de bello timbre, un buen fraseo y la inteligencia suficiente para llevar al personaje a su terreno. Las hermosas voces (y las excelentes interpretaciones) de Maria Miró en el papel de Clotilde y de Antonio Lozano en el de Flavio contribuyeron brillantemente a completar el reparto.

El coro mantuvo su excelente nivel habitual. La dirección musical de Roberto Abbado fue a ratos caótica, poco sutil, desigual, plana por momentos y carente de tensión teatral. Presentó una de las peores versiones de la Sinfónica de Madrid que se hayan oído últimamente en el teatro, con un viento metal especialmente desacertado que, en algunos pasajes, recordaba más a una banda de pueblo (con todo el respeto que merecen tales formaciones) que a una orquesta de ópera.

Pero si algo falla en esta 'Norma' es la puesta en escena. Lo único bueno que se puede decir de ella es 'que no molesta a nadie' - si exceptuamos a la pobre Angela Meade, muy ostensiblemente incómoda cuando la obligan a cantar en las alturas del decorado y a la que el fatigoso ejercicio de subir y bajar peldaños durante toda la función no debe parecer excesivamente agradable -. La dirección de actores es inexistente, no hay creación de personajes y, sin directrices, protagonistas y coro pasan la mayor parte de la ópera en posición estática cantando casi en versión concierto, lo que hace más evidente el histrionismo de los arrebatos que, de cuando en cuando, sufren la mezzo y el tenor, o el de la especie de ataques epilépticos con los que el hijo de Norma finge el miedo en el intermedio musical.

Cuando se abre el telón un inmenso espacio vacío de suelo reflectante sobre el que descienden unos cilindros verticales que se supone representan a los árboles del bosque sagrado acoge a un grupo de bailarines semidesnudos que se mueven al ritmo de la obertura. Con un inicio tan minimalista y abstracto parece que va a seguir una puesta en escena moderna y rompedora, impresión que se rompe inmediatamente con la anacrónica aparición de los galos vestidos de 'El señor de los anillos' (o de 'Juego de tronos', según los referentes culturales del observador) y de los romanos con el 'péplum' tradicional y con la entrada de un enorme tronco de árbol de estética totalmente realista que presidirá el escenario el resto del tiempo, desplazándose adelante y atrás y girando sobre su eje en un movimiento constante del que carecen los personajes. La escenografía se completa con reiterativas (y muy prescindibles) videoproyecciones con estética de culebrón venezolano de los encuentros amorosos de Pollione y Adalgisa, con y sin ropa, que se alternan con otras de animales totémicos, mujeres con velos y símbolos celtas.

Hay algo que los figurinistas de las óperas no suelen tener en cuenta cuando diseñan el vestuario de una coproducción o de un montaje con doble o triple reparto: los cantantes (afortunadamente) no son clones. Los hay altos y bajos, gordos y delgados, con cuellos de cisne y sin cuello. Pero hay algo que los iguala a todos, el vestuario tiene que hacerles sentir cómodos, facilitarles su trabajo consiguiendo que se olviden de lo que llevan puesto y ayudarles a representar a su personaje. Si encarnan a un ser ridículo tienen que parecer ridículos independientemente de que su aspecto en la vida real sea el de un dios o una diosa de la belleza y viceversa, si interpretan a un galán o a una venerable sacerdotisa su vestuario tiene que hacer que parezcan eso, aunque sus medidas sean las de un bebedor compulsivo de cerveza.

Obviamente en este montaje eso no se ha tenido en cuenta y Meade, pero no sólo ella, parece (sobre todo en el primer acto) vestida y peinada por su peor enemigo empeñado en hacer que parezca la mujer de Shrek en vez de la majestuosa sacerdotisa que rige los destinos de su pueblo. Como contrapunto, Simeoni parece flotar en un traje diseñado para alguien con atributos femeninos más desarrollados. El peinado de Oroveso es indescriptible pero es de suponer que, en este caso, el problema no estriba en el triple reparto.

Al final, independientemente de escenografía, escena, vestuario, galos y romanos, el resumen de lo que es 'Norma' y de por qué sigue estando viva desde su estreno en 1831 lo hacían unas señoras de avanzada edad en la cola de los servicios del teatro: "Qué bonito, ¿no? Las dos enamoradas del mismo. Y él, ¡menudo sinvergüenza! Y la música, precioooooosa". Sentimientos universales y música extraordinaria, no hay más.

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