domingo, 20 de noviembre de 2016

Mundo Bolo | ¡Qué animalada!


Aunque todos los directores de escena sin excepción tienen más que asumido aquello que decía el ínclito Cherubini de ‘El dúo de la Africana’ de que “Nel teatro tutto è convenzionale”, de vez en cuando alguno se pone estupendo y decide que aunque el atlético Romeo pese 115 kilos, la Julieta tenga 50 años en vez de los 13 que le supuso Shakespeare o la Gertrude 26 en vez de 60 (que de todo se ve) y los decorados sean puro cartón piedra, en escena tiene que haber animales de verdad.

Y nadie va a negar la espectacularidad de una ‘Aída’ con elefantes o con camellos atravesando el escenario, ni el empaque que da a una ópera tener en escena a un buey que cobra más que un tenor, pero… sin entrar ya en temas espinosos como los del probable sufrimiento de un animal enfrentado a horarios, temperaturas, luces y ambientes ajenos a su naturaleza, o a las nunca probadas acusaciones de dopaje, la imprevisibilidad de la mayoría de los colegas del mundo animal le da a las funciones un toque de inseguridad que los hace poco apetecibles como compañeros de reparto.

Fuera de los más habituales caballos que acostumbraban a demostrar sus escatológicas (y no hablo de teología) opiniones sobre las obras en el escenario para obligar a coro, solistas y, sobre todo, al ballet, a hacer verdaderos equilibrios para no comprobar hasta qué punto pisarlas daba suerte, y de un cordero que había que cambiar todas las semanas por uno más joven (hasta a ellos les afecta la tiranía de la edad, ¡qué barbaridad!) porque los que traían engordaban a tal velocidad que la actriz que lo sacaba en brazos al cuarto día ya iba totalmente derrengada, el compañero presuntamente irracional (compañeros irracionales sin más he tenido muchos, pero a esos se les presumía la racionalidad) más alocado que he tenido en mi vida fue un gallo.

Cantábamos ‘El elixir de amor’ en Coruña y al director de escena se le ocurrió que un gallo (vivo, of course) podía dotar de vida campestre a los poco creíbles decorados. El problema es que o el gallo era muy divo o su caché demasiado elevado como para pagarle ensayos, con lo que lo presentaron en el estreno sin preparación previa. Mientras el telón permaneció cerrado el ‘muchacho’ se pavoneó tranquilo por el escenario, pero en cuanto se levantó y el coro atacó entusiasta el “Bel conforto al mietitore...” alzó la cresta y con un impresionante salto que en otro podría haber sido mortal se precipitó al foso de la orquesta ante nuestros atónitos ojos.

El contrabajo, que lo vio aparecer volando, de un diestro golpe de arco lo lanzó contra el público, empezando entonces a oírse desde la platea un coro de gritos sopraniles que rivalizaban con el que en el escenario seguía intentando hacer honor a Donizetti. Las butacas se iban desalojando mientras el gallo aleteaba despavorido intentando huir de tanto alboroto. Un aguerrido espectador intentó atraparlo recibiendo un picotazo en el envite. Por fin un segundo valiente consiguió neutralizar al rebelde arrojándole encima su chaqueta. La función, que en ningún momento se había detenido, continuó sin más incidentes y días después, se rumoreó entre el coro  ¡lenguas maledicentes!!! que al insurrecto se lo habían acabado comiendo los maquinistas del teatro.

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