lunes, 7 de noviembre de 2016

El hombre que obligó a suspender dos funciones en el Met pide disculpas en una carta

Kaiser con la manzana de Guillermo Tell (Facebook / Roger Kaiser)
El hombre que fue descubierto arrojando lo que resultaron ser las cenizas de un amigo en el foso de la orquesta de la Metropolitan Opera de Nueva York, obligando a interrumpir la representación de 'Guillermo Tell' y a suspender la función de noche de 'La italiana en Argel' ante el temor de que se tratase de un ataque terrorista con antrax, ha escrito una carta al director general del teatro y al New York Times pidiendo disculpas "a los aficionados de la ópera, a toda la gente que está detrás de la escena y en la producción, al personal de una organización artística tan respetada y a los servicios de emergencia de Nueva York".

El tejano Roger Kaiser, amante declarado de la ópera, explica en su mensaje que había prometido al que denomina su mentor, Terry Turner, fallecido a causa de un cáncer, que esparcería sus cenizas en todos los teatros de ópera que visitara, ya que "así podría disfrutar para siempre toda esta bella música". Aunque intentó hacerlo con discreción, todo "salió terriblemente mal", afirma en su carta.

El responsable del Met, Peter Gelb, que se mostró satisfecho con la sinceridad de la disculpa, no presentará cargos contra Kaiser a pesar de la suspensión de las representaciones y del coste de los dispositivos que se movilizaron, aunque ha pedido a los amantes de la ópera que se abstengan de llevar cenizas al teatro en un futuro y al propio Kaiser que difunda su amor por la ópera entre los que le rodean. Sin embargo, muchos de los asistentes a las funciones suspendidas piden a Kaiser que les devuelva el dinero de sus entradas.

En toda la historia del teatro sólo se habían cancelado tres funciones y todas por defunciones súbitas. La primera, en 1960, por la muerte del tenor Leonard Warren, quien falleció a los 48 años en el escenario en plena representación de 'La forza del destino' a causa de una masiva hemorragia cerebral, tras cantar el recitativo del aria del acto III 'Morir! Tremenda cosa!'. La segunda, 28 años más tarde, se suspendió cuando un espectador se suicidó en el intermedio de 'Macbeth' lanzándose desde uno de los pisos superiores. La tercera por la muerte de otro tenor, Richard Versalle, en 1996, por un ataque al corazón. Ésta ha sido la cuarta ocasión.

El texto completo de la carta de Kaiser que recoge el New York Times es el siguiente:

"Estimado Sr. Gelb y toda la comunidad del Metropolitan Opera,

Nunca imaginé que alguna vez necesitaría sentarme y escribir una disculpa a varios miles de espectadores de ópera, a toda la gente que se encuentra detrás de la escena y en la producción, al personal de una organización tan querida y a los responsables de los servicios de emergencias de Nueva York. Sin embargo, me veo obligado a pedir una sincera disculpa a todos los interesados ​​por haber creado inadvertidamente una perturbación en el Metropolitan Ópera el fin de semana pasado.

Para excusarme, permítanme compartir un poco de mi historia y de la de Terry Turner, bajo cuya tutela me convertí en un ávido amante de la ópera.

Terry era un cliente habitual en el restaurante en el que trabajé durante muchos años. Se sentaba en la sección de otro camarero, así que sólo lo conocía de vista. Después de ir a mi primera ópera en 1999, uno de nuestros amigos mutuos me dijo que Terry era un gran aficionado a la ópera. Así que le di mi número y charlamos un poco. Lamentablemente, regresó a Atlanta en pocos días.

Pero nuestra relación continúo por escrito. Nos escribíamos asiduamente. Yo, siendo novato en el mundo de la ópera, le hacía las preguntas más básicas. Él, un maestro en la materia, las respondía pacientemente en su totalidad.

Al final de su vida, tenía una pila de cartas de Terry de más de 8 pulgadas de profundidad.

Terry y yo nos citamos unas cuantas veces para ir juntos a la ópera. Primero fui a Atlanta. Nos encontramos en Santa Fe dos veces y una en Cincinnati. Él hablaba sin parar en todos nuestros viajes. Yo era un estudiante aplicado y a él le alegraba tener a alguien con quien hablar sobre la ópera.

En realidad sé muy poco del hombre. No perdía el tiempo hablando de sí mismo. Sólo hablaba de la ópera. Cuentos de sus óperas. Y respuestas a mi interminable flujo de preguntas. Amigos que nos conocieron en Santa Fe también adoraron a Terry, rogándole que nos volviera allí cada año. ¡También les gustaba escucharlo hablar de ópera! A menudo, después de nuestro desayuno diario de dos horas, íbamos a sentarnos bajo un árbol para continuar nuestras charlas.

Un día, hacia el comienzo de 2012, recibí una carta en la que me decía que regresaría a Dallas para vivir. Y luego agregaba que una lucha anterior con el cáncer había regresado.

Terry llegó un domingo por la mañana en el autobús. Salí del trabajo y pasamos el día juntos. Preparé una buena comida y nos turnamos para decidir qué ópera deberíamos escuchar. Él durmió en el suelo del segundo dormitorio de mi casa.

Terry estaba claramente muy, muy enfermo. Al día siguiente fue a urgencias en Parkland Hospital en Dallas y lo admitieron. Nunca volvió a casa. Mientras hablábamos de su situación en el hospital, una vez que había optado por sentirse cómodo hasta el final, le dije a Terry que si le apetecía, llevaría sus cenizas a los teatros de ópera que yo visitase en el futuro. Tratando de aligerar su estado de ánimo, en broma le dije a Terry que nunca serían capaces de aspirarle completamente. Él estaría allí para siempre disfrutando de toda la música hermosa. A él le gustaba la idea. Alrededor de una semana después, el 25 de abril de 2012, murió.

Eso es lo que era. Un dulce gesto a un amigo moribundo que salió terriblemente mal en formas que nunca podría haber imaginado. Si alguna vez hubiera pensado que algo así podría suceder, nunca lo habría hecho.

Yo no había ocultado lo que iba a hacer. He mencionado esta promesa a muchas personas durante los tres años que han pasado desde que él murió. Nadie me advirtió que debería reconsiderarlo o no hacerlo. Creo que cada uno de nosotros se vio atrapado en el romanticismo de la idea. Las malas consecuencias nunca se le ocurrieron a nadie, incluido yo mismo.

Como un devoto entusiasta de la ópera, la realidad de la situación pesa sobre mí.

He dañado a gente que vino a ver una ópera que se estaba realizando en el Met por primera vez en 80 años. Gente que vino a escuchar lo que puede ser una de las últimas interpretaciones del maestro Levine en el podio. Gente que vino a escuchar a cantantes de primera categoría en el mejor teatro de ópera del mundo.

Estas son las experiencias operísticas en las que animo a otros a participar. Al igual que Terry me animó. Realmente no estoy seguro de que alguna vez pueda perdonarme por esto.

La ópera es mucho más que algo que disfruto. ME ENCANTA. No tengo ningún conocimiento o preparación musical real. Sólo un buen oído y un montón de entusiasmo. Un entusiasmo que me cegó para ver los riesgos potenciales involucrados en la dispersión de las cenizas de mi mentor en el foso de la orquesta del Met.

Puedo ver ahora que a los demás, desde fuera, probablemente les pueda sonar francamente tonto. Y a todos los afectados, les repito que lo siento profundamente.

Saludos cordiales de un fanático dedicado,

Roger Kaiser"

("Dear Mr. Gelb and the entire Metropolitan Opera community,

I never imagined I would ever need to sit down and write an apology to several thousand opera goers, to all the people behind the scenes and in the productions, to the staff of such a beloved arts organization, and to New York’s emergency responders. Yet I find myself needing to extend a heartfelt apology to all concerned for inadvertently creating a disturbance at the Metropolitan Opera last weekend.

By way of making amends, please allow me to share a bit of my story, and that of Terry Turner, under whose tutelage I became an avid opera lover.

Terry was a regular customer at the restaurant where I worked for many years. He sat in another waiter’s section, so I only knew him by face. After I went to my first opera in 1999, one of our mutual friends told me Terry really loved opera. So I gave him my number and we chatted a little bit. He was, sadly, moving back to Atlanta in just a few days.

But our relationship immediately became that of pen pals. We wrote religiously. I, being completely new to the art form, asked the most basic of questions. He, a master of all things opera, answered them patiently and completely.

By the end of his life, I had a stack of Terry’s letters on his nice stationery more than 8 inches deep.

Terry and I connected a few times to go to the opera together. I went to Atlanta first. We met in Santa Fe twice and Cincinnati once. He orated non-stop on all our trips. I was an eager student; he was SO happy to have someone to talk to about opera.

I actually know very little of the man himself. He didn’t waste time talking about himself. Just the opera. Tales of his opera goings. And answers to my endless stream of questions. Friends of mine who met us in Santa Fe also grew to adore Terry, begging him to meet us there every year. They loved to listen to him talk opera, too! Often, after our daily two-hour breakfast, we would go sit under a tree and continue our talks.

One day, toward the beginning of 2012, I got a letter that he was coming back to Dallas to live. Relocating. And then he added that a previous bout with cancer had returned.

Terry arrived on a Sunday morning on the bus. I took off work, and we spent the day together. I cooked a nice meal and we took turns deciding which opera we should listen to. He slept on the floor of my second bedroom.

Terry was clearly very, very ill. He went to urgent care at Parkland Hospital in Dallas the next day and they admitted him. He never came back home. While we were discussing his situation in the hospital, once he had opted to be made comfortable till the end, I told Terry that if he would like, I would take some of his ashes to opera houses that I visited in the future. Trying to lighten the mood, I jokingly told Terry they would never be able to vacuum all of him up. He would be there forever enjoying all the beautiful music. His coherency was not good, really, but he sure liked the idea. About a week later, he died on April 25, 2012.

That is what this was. A sweet gesture to a dying friend that went completely and utterly wrong in ways that I could never have imagined. If I had ever thought anything like this could happen, I would never have done it.

I wasn’t secretive about it. I’ve mentioned this promise to many people over the 3 years since he passed. No one ever cautioned that I should reconsider or not do it. I think we each just got caught up in the romanticism of it all. The ugly possibilities never occurred to anyone — myself included.

As a devoted opera enthusiast, the reality of the situation weighs heavily on me.

I impacted people who came to see an opera that was being performed at the Met for the first time in 80 years. People who came to hear what may be one of Maestro Levine’s last outings on the podium. People who came to experience top-notch singers at the best opera house in the world.

These are the very operatic experiences that I encourage others to partake in. Just like Terry encouraged me. I am really not sure I will ever be able to forgive myself for that.

Opera is so much more than just something I enjoy. I LOVE IT. I have no real musical knowledge or training. Just a pretty good ear and a whole lot of enthusiasm. An enthusiasm that blinded me from seeing the potential risks involved in scattering the ashes of my mentor in the orchestra pit of the Met.

I can see now that to others, from the outside, it probably sounds downright foolish. And to all those impacted, I am profoundly sorry.

Warmest regards from a devoted fan,

Roger Kaiser")

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