domingo, 30 de octubre de 2016

Mundo Bolo | Alternando (que es gerundio) con la alta sociedad

Facebook/Palacio El Rincón
Dentro de los bolos de la tradicional gira veraniega de contratos de la BBC (bodas, bautizos y comuniones), este año tocó un enlace de poderío en el que pude comprobar en carne propia que 'los ricos también sufren' (de calor cuando les da el sol en el cráneo quiero decir, tampoco exageremos). Para el evento tuvimos (la organista y yo) que desplazarnos más allá de Aldea del Fresno y conociendo mi gran habilidad para perderme (por mi escaso sentido de la orientación no por mi conducta libertina, ¡ya me gustaría, pero no me da el físico!), decidí que saliésemos de casa dos horas antes de la ceremonia (que presuntamente se celebraría a las 12) por si era el caso.

Gracias a las instrucciones de Google Maps (gran invento, pardiez) copiadas en el revés de una partitura (así de mísera es mi situación) no me perdí, pero cuando llegamos a la finca en cuestión (que por cierto era la del marqués de Griñón, detalle que doy para los amantes de las revistas del corazón y para los de los ripios lamentables) la verja estaba cerrada y todos los intentos de mi voluntariosa acompañante por abrirla a tirones o empujones resultaron vanos.

Como la hora se acercaba y el lugar permanecía infranqueable, presa de la angustia llamé a la parte contratante que con tranquilidad pasmosa me informó de que la boda era en realidad a la 1 pero que nos había citado a las 12 para que nos diese tiempo a colocar el órgano. El hecho de que los teléfonos todavía no permitan el contacto físico con el interlocutor (y la imposibilidad material de conseguir que un cadáver pague los servicios contratados) salvó a la imprudente de una muerte segura.

Cinco minutos antes del mediodía llegó un guardabosques en un todoterreno. Aunque, aprensivas como somos, pensamos que venía a expulsarnos ignominiosamente del nobiliario portón que con tanto empujón había quedado un tanto descabalado, el buen hombre nos franqueó el paso sin más y después de recorrer un largo camino entre árboles y viñedos llegamos a la mansión para descubrir horrorizadas que el enlace iba a ser al aire libre. Tras arduas negociaciones el dj de la fiesta nos colocó un micro y un enchufe y pudimos por fin prepararnos para la ceremonia.

Enormes cestas llenas de sombrillas y de protectores para los tacones esperaban a las invitadas en lo alto de las escalinatas, a pesar de lo cual, astutamente colocadas en la sombra, la organista y yo pudimos comprobar que, a diferencia de Carolina de Mónaco que, como es sabido no transpira jamás, ellas y ellos sudaban a chorro bajo el inclemente sol de mediodía.

Eso sí, todas las moscas del lugar, perfectamente adiestradas para distinguir la carne de calidad de la mala (no quiero decir de la mierda que luego me critican porque dicen que tengo que trabajar mi autoestima) se concentraron en mi persona y me pasé todas las piezas, incluido el 'Ave María' y el 'Panis', dando no muy disimulados manotazos para espantarlas. Ese hecho, sumado a que una ligera brisa hacía volar continuamente las partituras de la organista forzándola a agarrarlas al vuelo y a hacer repetidas flexiones para recogerlas del suelo nos convirtieron a ambas en un espectáculo tan visual como sonoro.

En el colmo del esperpento, la señora que nos había contratado que nos había pedido que incluyésemos en el programa dos canciones de misa de más que dudoso gusto, decidió unirse al concierto sin previo aviso. En medio de la boda, abandonó su asiento y, siguiendo la teoría tan extendida de que “en España canta todo el mundo y nadie ha estudiado, no sé para qué existen los profesores de canto”, se amorró al micrófono y se puso a cantar conmigo las dos piezas con todo su desparpajo. Sólo un férreo autocontrol adquirido durante años me impidió subirme al altar y empezar a dar palmas.

Finalizado el acto nos invitaron a los pantagruélicos aperitivos (no a la comida) momento en que una picadura de avispa en la parte más tierna del muslo me recordó por qué me gusta tanto la ciudad. Un empleado del lugar se acercó a pedir que movieran el coche que estaba aparcado bajo el tejadillo (resultó ser el mío, claro) porque aunque no era previsible que viniera el señor marqués, “se ponía de muy mala hostia” (literal) cuando alguien aparcaba en su sitio. Que digo yo, ya hace falta ser caprichoso para hacerme cambiar el coche cuando estoy en plena degustación de ibéricos teniendo una finca de miles de hectáreas para aparcar. ¡Cuánto debe sufrir este muchacho para estacionar su vehículo en Madrid!


Con el título de 'Mundo bolo', esta sección de Diario Lírico, para la que solicita la colaboración de sus lectores, tiene periodicidad semanal y en ella tienen cabida, siempre con tono de humor, las experiencias vividas por cantantes e instrumentistas en audiciones y actuaciones. Los que deseen participar pueden enviar sus relatos al correo electrónico redaccion@diariolirico.es indicando si quieren firmar su colaboración o permanecer en el anonimato. Es posible adjuntar fotos para ilustrar la historia narrada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario