domingo, 11 de septiembre de 2016

Mundo Bolo | 'Sin ensayo y a lo loco'

Compañía Lírica Española (cortesía de Jonathan Fernández)

Por el tenor Jonathan Fernández

La primera temporada en la que me vi inmerso, cuando me inicié en esto de la lírica, comenzó a finales de mayo y finalizó a mediados del siguiente mes de septiembre. Hoy se hacen cinco funciones seguidas y ya se llama temporada. Con este dato sólo quiero resaltar que la situación por la que está pasando nuestra lírica es realmente dramática y que cuando yo empezaba a abrirme camino en los escenarios se podía vivir de ello y se trabajaba prácticamente de continuo. Y aquí llegamos al bolo, el denostado y humilde bolo, cuya degradación ha ido en consonancia con la propia degradación de la zarzuela. La cuestión es que un bolo no es ni más ni menos que una función fuera de Madrid, algo que no tiene que tener connotaciones negativas o que no tiene que conllevar una merma en la calidad artística de la función, cuando de compañías estables y de repertorio (de las que ya no existen) hablamos.

Trabajar de forma continua en una compañía proporcionaba estabilidad no sólo pecuniaria sino también artística, ya que todos sus componentes teníamos el título estrenado y más que hecho, por tanto cantábamos lo que tocara donde tocara sin el más mínimo problema. Aunque a veces las condiciones no fuesen las mas idóneas. Las anécdotas que voy a relatar reflejan muy bien este hecho que el menda que suscribe vivió en carnes propias, ya que era algo bastante habitual en aquellos tiempos. Situaciones en las que el 'engrase de la maquinaria' y el oficio adquirido después de múltiples batallitas permitían que las cosas saliesen, algunas veces por obra y gracia de las diosas Melpómene y Talía, porque historietas hay como para escribir un libro.

Ambas historias me ocurrieron en la inefable Compañía Lírica Española, con Antonio Amengual a la cabeza, fuente de tantas anécdotas, tanto Antonio como la propia compañía. En la primera de ellas, la cuestión es que hacíamos lo que hoy se llamaría 'una temporada' de cinco días en Santiago de Compostela, a título diferente por día. Un servidor de ustedes, que siempre hizo papelitos hablados, estrenaba papel en cada función, excepto en el título con el que abríamos el ciclo ('La leyenda del beso'), en el que no tenía nada más que coro.

Habíamos ensayado todas las obras en Madrid. Más bien estaban todas pasadas de ensayos, porque Antonio siempre fue famoso por lo mucho que ensayaba, algo que a la larga hemos agradecido, ya que nos ha permitido conocer el repertorio al dedillo. Y justo cuando nos quedaban un par de días para salir hacia Santiago, suena el teléfono para comunicarme que la baja de última hora de un compañero hacía que me tocase aprenderme uno de los dos amigos de 'La leyenda', dos personajitos con poco texto pero bastante presencia. Me dice la hija de Antonio, Rosanna, que me estudie el texto y que el día de la función en el teatro vemos posiciones y se pasarán mis partes.

Llegamos a Santiago y cuál no fue nuestra sorpresa cuando nos encontramos con que el teatro no abría hasta una hora y media antes de la función. Es decir, el ensayo de posiciones se esfumó en ese mismo instante. Antonio, inasequible al desaliento, dijo que sin ensayar no se quedaba y allí mismo, en los soportales del teatro, en plena vía pública, se hizo un ensayo de conjunto de las partes más comprometidas, con momentos muy graciosos en los que Amengual mandaba callar a los transeúntes para rechifla nuestra y del propio Antonio. Una vez abrieron el teatro, se hizo un pase musical, no completo, y después cada uno a su camerino a ponerse la pestaña, que había que hacer dos funciones.

Lo que cuento conllevó que yo debutara mi papel sin tener ni idea de ni una sola de mis posiciones a excepción de una coreografía, que tenía que bailar en un pequeño terceto con el tenor cómico. La función salió sin problemas y salió gracias a mis compañeros que me iban soplando donde me tenía que poner en cada momento, algo que nunca podré agradecer lo suficiente; y salió porque todos los que trabajábamos por aquella época teníamos la suerte de tener el suficiente bagaje de funciones como para conocer cada título lo bastante como para salir sin red y salvar los trastos. Porque aquellos bolos tan denostados eran más que dignos ejemplos de teatro realizado por profesionales que sabían perfectamente lo que estaban haciendo y que conocían el género al dedillo, y estaban llevados a cabo con más eficacia que muchas de las cosas que se ven hoy en día en muchos teatros.

Tristemente, hoy en día casi todo aquello se ha perdido y realmente creo que para siempre. Nadie ha recogido el testigo y dadas las circunstancias actuales esa forma de hacer teatro ya no va a volver. Por mucho que los bolos tengan mala fama, por mucho que se los denoste, durante muchos años fue la única manera de que el público de 'provincias' pudiese tener acceso a nuestra zarzuela. Hoy en día ya no lo tienen, ni bolo ni bola, porque a nuestra zarzuela nadie “le da bola”.



La segunda de las historias me ocurrió interpretando una bonita zarzuela asturiana, 'Xuanón', que he tenido la suerte de hacer y que es una verdadera pena que no se reponga. Yo hacía un pequeño personaje que se llamaba Manolín. La obra está escrita en una mezcla de bable y castellano, en algunos momentos no muy afortunada, especialmente si es un asturiano el que la está representando. Recuerdo que mi personaje decía en una frase: "¿Qué os parez si tomamos unas botellitas de sidra mientras llega Xuanón?".  A mí aquello me sonaba a rayos, un asturianón de la Cuenca jamás diría esa cursilada, así que en el primer pase de texto me puse creativo y dije: "¿Qué os parez si tomamos UNES BOTELLUQUES de sidra mientras llega Xuanón?".

Jonhatan Fernández (Facebook / Jonathan Fernández)
En ese momento, Antonio soltó uno de sus míticos "¡PERDÓÓÓÓÓN!" hipohuracanados de los que paran un ensayo y me dijo: "¿me quiere enseñar usted su texto?". Para el que no lo sepa, Amengual se sabía todas las obras de memoria, así que yo, mientras un color se me iba y otro se me venía, le enseño el texto y él me dice: "¡aquí no pone lo que usted ha dicho!".  Yo, envalentonado le digo: "Es que no hay quién se crea que un minero diga esto". Pero él negándome el derecho a réplica me contesta: "¡usted tiene que decir lo que pone en el texto, que para algo lo han escrito!". En aquel momento, uno, como es muy bien 'mandao' dijo amén y ya no se me ocurrió cambiar ni una coma en ninguno de los ensayos siguientes.

La cuestión es que el día del estreno no lo pude evitar: estaba en Gijón, el público era todo asturiano, era mi tierra, me estaba viendo mi familia e, inocente de mí, pensé que el director no se iba a dar cuenta de mi miserable frase, ya que estaba en la parte técnica metiendo efectos de luz desde el escenario, así que dije lo de les botelluques de marras. Cuando acabó la función, me para Antonio en el escenario sonriendo de oreja a oreja y me dice: "que sepa usted que me he enterado perfectamente de lo que ha dicho, supongo que se ha equivocado, pero como estamos en su tierra y le ha quedado muy bien, en las próximas funciones lo puede seguir diciendo". Se dio media vuelta más contento que unas castañuelas y se fue a saludar a alguien. Cuando se me pasó el susto me puse silbar por haber ganado aquella pequeña batalla en la que realmente la razón creo que la llevaba yo. A Antonio no se le pasaba absolutamente nada de lo que ocurría en el escenario. ¡Menudo era!


1 comentario:

  1. Siempre es una gozada leerte mi querido amigo. Tanto tu reflexión sobre los, ahora, añorados bolos, como la anécdota con Antonio Amengual. ¡Qué tiempos! Aquí no cabe duda en decir: "Cualquier tiempo pasado fue mejor!

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